Preguntad y el oráculo responderá.

Most Smiled Responses

    1. Ingram

      Pues mire, llevo unos días acordándome de un profesor de literatura que tuve en el internado y que era un imbécil de rango. Tenía curiosas manías, como la obsesión por la letra clara y la ortografía perfecta, o la devoción absoluta por la Real Academia de la Lengua. El primer día de clase ordenó (porque nunca pedía o solicitaba, siempre ordenaba) a todo el mundo que sacase su cuaderno y escribiera en la primera página el lema de la Academia. Ya sabe, aquello de "limpia, fija y da esplendor". Recorrió la clase, pupitre por pupitre y alumna por alumna, comprobando que todas tuvieran el lema escrito en sus cuadernos y puso nota. No sé si usted entiende la estupidez de todo el asunto: 1º de BUP, literatura, primer día de clase, cuarenta cuadernos con la frase "limpia, fija y da esplendor" escrita en la primera página, y el muy subnormal le pone nota a eso. Yo me llevé un diez porque lo escribí en letras grandes y claras y porque dibujé muñequitos. Unos cuantos fregando el "limpia", otros claveteando el "fija" y otros dando cera y puliendo cera al "da esplendor". Como se lo cuento.

      La cosa, evidentemente, no para ahí. Este señor practicaba la humillación sistemática de las alumnas, sin disimulo alguno y con un entusiasmo digno de mejor causa. Después de la sandez de los cuadernos, pasó lista. Hizo salir a la pizarra, una por una y en orden alfabético, a todas las chicas. Asistimos, pasmadas, al siguiente espectáculo:

      -Natalia Álvarez Cordero.
      -Servidora.
      -Salga a la pizarra.

      (Natalia Álvarez Cordero, obediente, iba a la pizarra)

      -¿Cómo se llama usted?
      -Eh... pues... Natalia Álvarez Cordero.
      -No, no. Usted se llama... ¡Borreguita! A ver, ¿cómo se llama usted?
      -...
      -¡Borreguita y sorda! ¿CÓMO SE LLAMA USTED?
      -Eh... ¿Borreguita?
      -Vuelva a su sitio.

      Natalia Álvarez Cordero, en adelante Borreguita, volvía a su sitio completamente desconcertada, y entonces le tocaba el turno a Sonia Álvarez Duro (que fue rebautizada como Peseta), a Raquel Aranda Castro, a Beatriz Bernal y así hasta Patricia Zambrano (a quien le cayó un Zángano como una catedral, claro). Y esto, le recuerdo, en el primer día de clase y después de lo de "limpia, fija y da esplendor". Para acabarlo de arreglar, el cabrón tenía una memoria portentosa y al día siguiente llamó a cada alumna por su apodo, sin fallar ni uno.

      Era, además, de un racismo abrumador. El internado tenía un convenio o algo parecido con Guinea, y había cantidad de alumnas guineanas, con apellidos como Nguere o Mbó (imagínese los apodos) y diferentes tonos de negritud en la piel. Pues bien, este hijo de Satanás llegaba a clase, nosotras estábamos charlando en el pasillo y él miraba a las negras y soltaba con una gran sonrisa: "hale, hale, ya está bien, que ya no están ustedes en la selva con los monos". Otras veces iba de enrollado y decía: "ustedes, las morenitas, trajeron a España la alegría y la sencillez de los pueblos primitivos". Cada vez que lo hacía, yo esperaba que alguna Pantera Negra le saltara encima y le crujiera una hostia como un castillo, pero nada, no hubo manera.

      No recuerdo gran cosa de sus clases, porque las pasaba todas mirándole fijamente y odiándole con todas mis ganas. Se llamaba Eusebio Monge y, como dicen los gitanos, donde quiera que lo encuentre, tiene el entierro pagao.

    2. Ingram

      Sus fans. "El principito" es un libro bastante chulo en más de un sentido. La putada es que hace un par de reflexiones sobre la vida, el universo y todo lo demás, y las hace en un tono lo bastante poético como para que mole y lo bastante sencillo como para que lo pille hasta ese señor de ahí, que es poco más listo que un tiesto. Eso, en sí mismo, no es malo. Lo malo es que la gente que ha reflexionado poco cree que los demás estamos igual y, cuando leen "El principito", piensan que ha descubierto la bechamel con ese libro y vienen a darte la turra al respecto. "A mí me cambió la vida", dicen. Pues felicidades, macho. Qué vida tan frágil tenías, que se vino abajo con treinta páginas de texto y un dibujo de una boa.

      Por otra parte, la gente te da la turra con cualquier cosa que les haya cambiado la vida, desde hacer deporte hasta tener hijos. Es lógico, pero acaban provocando un rechazo universal hacia esa panacea que tanto pregonan. No hay que ser egoísta con los placeres de uno, está bien que alguien te ofrezca probar su helado de sabores electrizantes, pero sería muy bonito que se abstuviera de metértelo por la nariz cuando ya has dicho un par de veces que gracias, pero no, gracias.

    3. Ingram

      Espido Freire no es Albert Espinosa, vamos a concederle eso. Pero un día intenté leer "Melocotones helados", que ya me parecía repugnante el título, y no pasé de las veinte páginas. Otro día lo volví a intentar con "Irlanda" y lo mismo. Qué coñazo, santa Madre. Qué tormento. Hace unos meses un compañero me regaló el primer fascículo del curso de escritura de esta señora y hubo grandísimo regocijo. Ponía un ejemplo... Espere, que lo busco, que esto lo merece.

      Vale. Ya lo tengo. Enciéndanse un cigarro, que esto va largo. El curso se llama "El placer de escribir" y le voy a copiar un apartado llamado "Contar o mostrar. Escritura abstracta versus escritura concreta". Ahí vamos:

      ***
      María y Andrea son dos amigas que quedan para tomar un café. María está ansiosa por relatarle a Andrea cómo le fue en su primera cita con Joaquín, el chico que conoció por Internet. Después de pedir dos descafeinados de sobre, María le dice, emocionada:

      "Me lo he pasado genial. Joaquín es muy amable y todo un seductor. Además, le encanta el cine. Pero también es muy divertido".

      Andrea sonríe, feliz por compartir la alegría de su amiga. Pero quiere saber más. Interiormente se pregunta: "¿Adónde habrán ido, qué habrán hecho, de qué habrán hablado?". Tal como lo cuenta María, Andrea sólo recibe un inventario de calificativos que no le permiten construir en su mente una imagen vívida y definida de Joaquín, alejada de los estereotipos. Lo que quiere es que María se lo "muestre" con sucesos o hechos concretos y no con abstracciones.

      El secreto para transmitir los sentimientos y el carácter de un personaje de forma vivaz, instantánea y elocuente es conocer y diferencias dos estrategias: contar y mostrar. Cuando contamos, mencionamos directamente aspectos de la personalidad o los sentimientos de un personaje. El narrador es una voz todopoderosa que no deja que el lector los deduzca. Cuando mostramos, en cambio, el narrador permite que veamos cómo actúa el personaje y así se proyecta una imagen viva de las emociones y el carácter de este personaje.

      Si María acabara así su relato, no hay duda de que desilusionaría a su amiga. Para que Andrea imagine cómo es Joaquín, es preciso que María transmita el carácter y los sentimientos del joven a través de ejemplos. Por suerte, María continúa y sacia las expectativas de su interlocutora:

      "Al entrar en el restaurante me abrió la puerta y me hizo pasar la primera. Después me quitó la chaqueta con suavidad y en la mesa me separó la silla para que me sentara. Durante la cena no dejó de elogiarme el peinado, el vestido, los ojos. Después fuimos al cine a ver Medianoche en París, de Woody Allen; aluciné cuando me dijo que también era su director favorito: se conocía toda su filmografía, y también la de muchos otros directores. Finalmente fuimos a una discoteca y bailamos hasta las cinco de la mañana. No sabes lo que me he divertido, Andrea. Ha sido una noche inolvidable".

      Con esta explicación, ¿no tenemos una mejor idea de por qué Joaquín le causó tan buena impresión a María?
      ***

      Entiéndaseme: no hay nada de malo en lo que dice Espido Freire con respecto a contar y mostrar. Efectivamente, no es lo mismo. Efectivamente, los personajes son lo que hacen, no lo que dicen o lo que se dice de ellos. Pero yo, después de tomarme dos descafeinados de sobre, creo que Andrea piensa que Joaquín es un baboso como un castillo, que Woody Allen es el director favorito de la gente que sólo sabe nombrar diez, que Medianoche en París es muy regulera, que su amiga Andrea es más tonta que una bolsa de piedras y que a ver si se deja de chorradas y echa un polvo, que está a dos capítulos de Mujeres Desesperadas de adoptar un gato y hacerle la carta astral.

    4. Ingram
    5. Ingram

      Pues mire, le cuento: en mi primer internado, católico hasta las trancas, no había una biblioteca digna de tal nombre. Yo, que soy de muchísimo leer, me cepillé en la primera semana el par de libros que me había llevado y ahí fue el llanto y el crujir de dientes. No había más libros y no había de dónde sacarlos, y yo me subía por las paredes. Leí el libro de literatura de mi curso y el de los tres cursos siguientes. Recorrí el colegio y pedí prestado cualquier material de lectura que cualquier persona tuviera en su haber. De ahí salieron revistas a espuertas y unos cuantos libros más que decentes, como los "Libros de sangre" de Clive Baker, que me prestó Carmen Varela Ruiz, Dios la bendiga y le haya quitado la diabetes, o un par de Stephen King, que es ahora y siempre el consuelo de los afligidos. También leí bastante Vázquez Figueroa, que hacía furor, alguna novela rollo "Cautiva del jeque", que era como medio porno pero no, y a José Luis Martín Vigil, que circulaba un poquito de extranjis, porque a las monjas no les hacía puta gracia. No es que aplaudieran "Cautiva del jeque", pero se ve que Vigil era más peligroso para las tiernas almas infantiles.

      Total, que eso también se acabó, claro. No quedaba nada para leer en ninguna parte. Nada que no hubiera leído ya cuatro o cinco veces. Cada domingo, cuando volvían al colegio las afortunadas que se habían ido a pasar a casa el fin de semana, yo rondaba la puerta e inspeccionaba con ojo ansioso las mochilas, a ver si alguien se había traído algo, aunque fuera un triste Telva o el todavía más triste periódico de Guadalajara. En ese tormento vivía, hasta que una mañana la lié parda a la hora del estudio y me mandaron castigada a un cuartito que yo siempre había pensado que era un despacho y resultó ser... ¡una BIBLIOTECA! La monja que me acompañaba, la madre Presentación, que en gloria esté y de allí no salga, me metió allí, me dijo "te esperas a la madre Asunción" y se fue. A mí se me cayeron las bragas al suelo. Di una vueltecita por los estantes y me volví a subir las bragas, porque era una biblioteca cristiana. Estaba hasta los topes de biblias, misales, catecismos, vidas de santos, libros de oración, encíclicas, apologéticas, místicas y coñazos similares.

      Un libro es un libro y hasta el peor libro es un libro. Cuando la madre Asunción pasó por allí, un par de horas más tarde, yo ya me había hecho con los dos tomos de la Leyenda Dorada y me estaba apretando con entusiasmo la vida, los milagros y el martirio de San Bartolomé, un infeliz, lo desollaron vivo. La madre Asunción, que sabía que yo era el demonio coronado, se quedó muerta al verme tan aplicada en el estudio de la cosa cristiana. Yo vi el cielo abierto y de inmediato fingí dolor de mis pecados, propósito de enmienda y sincera contrición. Pedí permiso para llevarme una Biblia, los dos tomos de la Leyenda y un librito graciosísimo sobre San Martín de Porres, que era del año en que reinó Carolo y tenía unas ilustraciones portentosas. Me fue concedido. Alegría, alborozo y una piñata.

      ¿Qué me había preguntado? Ah, sí, el género catequético. Échele un ojo si puede al mejor de los catecismos, el Ripalda. Yo lo leí tantas veces que me sé de memoria cantidad de frases gloriosas, de las que le hago gracia.

      -Los novísimos o postrimerías del hombre son cuatro: muerte, juicio, infierno y gloria.

      -¿Cuál es la insignia y señal del cristiano? La Santa Cruz, porque es figura de Cristo Crucificado, por quien fuimos redimidos en ella.

      -¿Cómo usáis vos de ella? Signándome y santiguándome.

      -¿Cuánto es bien usar de ella? Siempre que comenzáremos alguna buena obra o nos viéremos en alguna necesidad.

      -¿A qué está obligado el hombre primeramente? A buscar el último fin para el que fue creado.

      -¿Qué es amar a Dios sobre todas las cosas? Querer antes perderlas que ofenderle.

      -¿Por qué permite Dios las tentaciones? Para nuestro ejercicio y mayor corona.

      En fin, que me podría estar un rato. Qué divertida es la cosa religiosa, qué bien redactada está y qué felices seremos el día en que todo el mundo se la tome como "El señor de los anillos".

    6. Ingram

      No tengo ni idea, pero vamos a aventurar. Creo que su éxito se debe a tres factores:

      1) Ha sobrevivido a un cáncer y lo cuenta en todas partes, a todas horas, en todos los formatos posibles. El cáncer es una enfermedad que se ficciona, como el sida. Se percibe como un enemigo casi de carne y hueso, los enfermos "batallan contra el cáncer" y, cuando mueren, se elogia su fortaleza y la manera en la que pelearon hasta el fin. No habrán oído lo mismo acerca de, qué sé yo, la esclerosis múltiple o la malaria, que también son bastante putas. Sobrevivir al cáncer te confiere un poco el carácter de elegido. Llevas el halo del héroe y puedes exhibir con orgullo tus cicatrices, y Espinosa exhibe su puta prótesis todo el rato, con la excusa de normalizar el horror o algo parecido. Los supervivientes son siempre recibidos con gran alivio,porque sus historias nos dan un respiro, un poquito de esperanza: si ése tuvo cáncer y está vivo, quién dice que yo no puedo hacer lo mismo. Quién dice que yo no pueda formar parte de la estadística de los que sobreviven, de los elegidos, de los que han ganado.

      2) Transmite (en todas partes, a todas horas, en todos los formatos posibles) un optimismo escandaloso. La vida es maravillosa. El cáncer no pudo acabar con sus ganas de vivir y de saludar al sol. El cáncer no es más importante que la sonrisa de un niño. Qué voy a decirles a ustedes que no hayan leído ya en cualquier crítica de "Pulseras rojas". El optimismo a prueba de bomba es un lugar común, pero funciona siempre. Volviendo al punto anterior, Espinosa hace que parezca que cáncer y alegría de vivir van estrechamente unidos, que nada puede matarte si vas por la vida pensando en positivo, que de cada experiencia negativa sale uno más fuerte y luminoso. Esto es mentira de tantas maneras que estaríamos hasta mañana para explicarlas. Pero, y esto es lo importante, es una mentira que todo el mundo quiere oír y creerse, porque tenemos miedito.

      3) Escribe fatal. Esto no lo digo yo, es un hecho cierto. Cojan cualquiera de sus libros y atrévanse a jurar que eso está bien escrito. Su mercado son los cientos de personas que leen un libro al año o que nunca han conseguido acabar uno. Y ese mercado no quiere complicarse la vida, quiere que le reafirmen en lo que piensa (de nuevo: "la vida es maravillosa", "el mundo está lleno de gente especial", "tú eres más especial que nadie", etc) y quieren entender a la primera lo que leen.

      Eso, en sí, no tiene nada de malo; mientras haya quien lo compre, habrá quien lo venda. Lo que sí es malo y a mí me hace subirme por las paredes es la forma en la que Espinosa ha rentabilizado su sufrimiento. Abarata el dolor real, la miseria real y, ya que estamos, también el optimismo real. Y, precisamente porque Espinosa ha sufrido, nadie se atreve a decirle a la cara que es un sinvergüenza, que sus libros son basura y que lo que hace con el cáncer se llama pornografía emocional, por no decir nada peor. Y eso que no hemos entrado en la retorcida relación que tiene con el sexo y con la discapacidad, que también es de muchísimo sonrojo y que queda perfectamente explicada en este vídeo, fragmento de "No me pidas que te bese, porque te besaré", película de la que es guionista, director y protagonista. Si tienen ustedes estómago para aguantar hasta el final, verán lo que quiero decir.

      http://www.youtube.com/watch?v=0vzixWsb7uw

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    7. Ingram

      Metimos un enano en un capítulo de "Aída". Era hijo secreto de Mauricio Colmenero. Dio pie a cantidad de chistes crueles, tipo "tú a tu hijo no le quieres, tú querías dejarle abandonado en una estantería del Toys'R Us", o "pero no es porque sea enano, yo no tengo nada contra los de su especie", o "mira, ahí van Mauricio y su copia de seguridad", o "pues me va cayendo bien el jodío enano, es que te mira con esos ojitos y es como si te entendiera", o "averigüemos quién es su verdadero padre: lo ponemos entre los dos, lo llamamos y a ver con quién se va". Estas perlas y otras del mismo pelo provocaron que, a la mañana siguiente de la emisión del capítulo, una fundación de afectados de acondroplasia (que respondía al improbable nombre de ALPE) denunciara no sé si a Globomedia o a Telecinco. La productora se apresuró a emitir un comunicado en el que aclaraba que los chistes ofensivos hacia los enanos los decía siempre un personaje malvado y chungo, y que los personajes buenos le afeaban siempre su proceder. Mientras tanto, por los pasillos corrían chistes como "si vamos a juicio, mandamos a los guionistas más bajitos", o "yo pienso aspirar helio antes de declarar" o incluso "habrá un troquelado del Oso Yogui a la puerta, con un cartel que diga: no puedes pasar si mides más que esto".

      Dio igual lo que dijera la productora. Era obvio que el enano estaba ahí para hacer chistes de enanos. También hubo un capítulo con un ciego y nos hinchamos a escribir chistes de ciegos. La fundación ganó y ese capítulo nunca volvió a emitirse. Fue mi segundo capítulo en "Aída" y me causa una extraña sensación pensar que, en alguna parte, es un capítulo de culto. Ah, y por cierto, hubo una anécdota curiosa al respecto, antes de la emisión. El papel se lo ofrecieron a un actor enano, que declinó la propuesta. No sé si es cierto o es leyenda urbana, pero se dijo que había rechazado el papel porque "no quería encasillarse". La idea de un enano que no quiere estar encasillado en papeles de enanos es bastante divertida, coincidirán conmigo.

    8. Ingram

      No me gustan los baños, soy de ducha, pero cuando era pequeña y me bañaban, recuerdo que era estupendo tomar aire y dejarse caer, apoyar la cabeza en el fondo de la bañera y escuchar. No sé si el agua y la bañera funcionaban como conductores especialmente buenos del sonido o qué cojones, pero yo oía voces que no provenían de mi casa. Si me concentraba mucho podía entender lo que decían: "¿estás haciendo tortilla?", "¡pon la tele, que dan una de Barlancaster!", "recoged vuestro cuarto" y demás maravillas de la cosa doméstica a las nueve de la noche. Todo llegaba distorsionado y cualquier movimiento en el agua lo distorsionaba aún más, así que había que estar muy quieto. Cuando salía a tomar aire otra vez, pensaba que en ese preciso instante me había perdido la frase definitiva, la que daría la clave del crimen o revelaría el lugar donde el tío Horacio escondió esa caja que todos están buscando todavía. Un poco como lo del ángel de la guarda, que te decían que lo tenías siempre detrás y yo disimulaba, fingía estar concentradísima en algo y me giraba de repente, a ver si lo pillaba, pero el cabrón era rápido como el rayo. Sucesivos intentos de cazarlo en el reflejo de los escaparates o en las fotos tampoco dieron resultado, así que decidió que era mentira y que, de todas formas, dónde estaba cuando me caí de la bici, me hice fosfatina la rodilla y no pude bañarme en la piscina durante dos días, mientras mis primos y mi hermana chapoteaban y reían.

    9. Ingram
    10. Ingram

      Sólo tengo dos y son navajas. Mi vida es triste. Pero las navajas son bonitas, eso sí. Tengo una para casa y otra para la calle. La que saco a la calle es pequeña y muy afilada, como ésas que sacaban los abuelos para pelar naranjas y cortar cordeles. La llevo siempre encima, en la mochila, porque un hombre que se vista por los pies no sale nunca de casa sin navaja y sin mechero. Ésa la robé en una tienda, las armas tienen que ser robadas o regaladas, dice la tradición. Y aquí es devoción lo que hay por las tradiciones.

      La de casa me la regaló mi amigo Rubén y es larga y esbelta, con cachas de marfil. Precisamente porque es larga no me la llevo a la calle, pero no pasa nada, porque Rubén me la regaló para que le diera otro uso. Venía dentro de una cajita negra, acompañada de un collar de perlas y con instrucciones específicas para la fabricación de perlas ensangrentadas. Cuando abrí la caja me quedé muerta, claro, porque las perlas eran muy bellas, pero yo soy cutre, me visto por no pasar frío, sólo llevo camisetas y así no hay joya que luzca. A Rubén le dio lo mismo, yo creo que un hombre debe llevar siempre navaja y mechero y él cree que todas las damas deberían tener perlas y navajas. Así que ahora tengo dos navajas y un collar de perlas que no me pongo nunca pero miro mucho. Y ya pueden decirme eso de "no te pongas nunca un vestido negro, no un collar de perlas, ni tengas nunca treinta y seis años".

    11. Ingram

      Robarlo de una biblioteca. Pasé por una temporada cleptómana en la que era capaz de robar cualquier cosa que no estuviera atornillada al suelo. Robé cientos, miles de cosas que casi siempre regalaba al primero que las encontrara bellas, porque yo ni las quería ni las necesitaba. Pero nunca robé un libro de una biblioteca. Robar libros de las bibliotecas es un acto repugnante.

    12. Ingram

      Esto suena terriblemente quinceañero, perdone que le diga. Está usted paseando con su novia hasta la plaza, ella con la peluca rosa, usted con las orejitas de reno que ella le ha colocado entre risas, y de repente ve a sus amigos organizando el concurso de eructos de cada viernes y su novia tuerce el morrito y usted se ve ya muy mayor para esas chorradas y piensa que sus amigos son unos inmaduros y que se pasan la vida de dominguillo y que no tienen novia porque a ver quién va a querer juntarse con un fulano que se saca la chorra cuando lleva dos copas y la sacude gritando: "¡Mira qué trompa, mira qué trompa!". Olvida usted que hace tres meses era uno de ellos. Olvida usted sus raíces. Es usted el que ya no es el que era. Métase la condescendencia por el culo. Un amigote es un amigote y a los amigotes hay que quererlos como son. Lo único que se les puede recriminar es el maltrato animal y el escupir en el suelo.

    13. Ingram

      Una vez, en un concierto de Enrique y Ana, nos sacaron a unos cuantos niños al escenario. Hicieron unas cuantas preguntas tipo "¿Con quién está jugando Félix Rodríguez de la Fuente en el cielo?" y premiaron las respuestas ("¡Con el osito de la Osa Mayor!") regalando discos. Total, que cuando casi todos los niños tenían disco, dijeron que iban a cantar "La canción de los planetas". "¿Cuántos son los planetas?", preguntó Enrique. Yo levanté la manita y dije: "Diez". Grandes risas dentro y fuera del escenario. "¡Nueve!", dijo triunfante el niño de al lado. Los enumeró de carrerilla y se llevó su disco, mientras yo, que todavía no llevaba gafas pero ya apuntaba maneras, intentaba explicar que había uno más, justo detrás de Plutón, y que las mejores revistas de ciencia infantil lo llamaban Trasplutón y... Los aplausos y los gritos del público ahogaron mi protesta. Me fui a mi sitio sin mi merecido disco y, a la mañana siguiente, hubo chorreo en mi clase.

      Poco después nos llevaron a una emisora de radio, a conocer a Torrebruno, y cuando preguntó a quién le gustaba leer, cuarenta pequeños dedos me señalaron. Me sentó en sus rodillas, me hizo un par de preguntas que afortunadamente no recuerdo y me regaló el disco de Rocky Chaparro, que en gabardina y en tirantes investigaba. ¡Ja!

    14. Ingram

      Yo creo que no, porque describimos el mundo en términos de analogía y oposición. O sea, que A es como E, y además no es como Z. Un perro, digamos, es como un gato (está vivo, tiene cuatro patas, incordia), y además, no es como una piedra (que ni está viva, ni tiene cuatro patas, ni incordia demasiado). Así definimos lo que tenemos alrededor, categorizándolo por analogía y oposición. La metáfora funciona por analogía: esto es eso o, por lo menos, se parece a aquello.

      Después de este rollo, también le digo que todo podría ser, porque existe gente como los pirahã, cuyo idioma es para caerse de espaldas. No tienen número gramatical, no tienen formas de pasado, no tienen ni palabras para los colores. Mire, mire y pásmese:

      http://es.wikipedia.org/wiki/Idioma_pirah%C3%A3

    15. Ingram

      "Tu pequeño secreto" me suena como a esos anuncios de gel para el coño. "Mamá, ¿tú a mi edad también tenías picores... ahí?". "Te voy a contar mi pequeño secreto...".

    16. Ingram

      Me parecen muy bien, aunque siempre he sido más fan de "El hobbit" que de "El señor de los anillos". "El hobbit" es estupendo para entender cómo funciona el mecanismo de los cuentos de hadas y de muchísimas otras historias que tienen como protagonista a un héroe. Me explico, y aviso ya de que esto va un poco largo.

      Las historias de héroes son la base de cientos de cuentos, libros, películas y hasta religiones. Los griegos, que eran unos señores listísimos que le dieron nombre a todo, ya se contaban estupendas historias de héroes: la Ilíada, con sus dánaos y sus troyanos, la Odisea, con Ulises y sus compañeros, y por supuesto la vida y los milagros de Perseo, Jasón, Edipo, Hércules y un ciento más. Hay algo en la cosa heroica que nos fascina y nos sulibeya, porque chopocientos años más tarde, la gente va en masa a ver "Superman" y sale contentísima.

      Las historias de héroes funcionan siempre y su mecanismo se repite (con algunas variantes) una y otra vez. Hay teorías muy interesantes sobre el tema, firmadas por Aristóteles, Freud o Jung, pero no hace falta irse tan lejos para entenderlo. A poco que usted haya leído, conoce el mecanismo o es capaz de reconocerlo a cierto nivel. Hay héroes ya forjados, valientes guerreros que acometen una misión porque eh, esto es un trabajo para Indiana Jones, pero también hay, y ése es el caso de "El hobbit", héroes que se convierten en tales a lo largo de la aventura. Aunque todos somos fans del bueno de Indiana, es más fácil identificarse con el segundo tipo de héroe: un mindundi como nosotros, un tipo normal y corriente que no tiene superpoderes y al que lo que le cae encima le viene grandísimo.

      Ése es el primer paso de la forja del héroe, la llamada a la aventura (o, en otra variante, la revelación de su condición de "elegido" para la misión). Nuestro protagonista rechaza esa llamada, como haría cualquiera de nosotros, porque es un despropósito, porque se sabe incapaz de realizar lo que le piden que realice o, sencillamente, porque no se le pone en los cojones echarse a los caminos, que él está muy feliz en su casa y a sus movidas.

      No quiero destriparle el libro contándole todas las etapas de la forja del héroe (aunque, si le interesan, no tiene más que buscar en Google), pero de eso trata "El hobbit": de un tipo corriente que estaba tan tranquilio echándose un pito a la puerta de su casa cuando, de repente, zasca, le cayó encima una aventura colosal en la que, por supuesto, no tenía ninguna intención de participar. Lo que ocurre después es, como le digo, una historia heroica de manual. Si no le disgusta el género fantástico y le ha picado la curiosidad por saber más del mecanismo que comparten "La guerra de las galaxias", "El protegido", la leyenda del rey Arturo y sus caballeros, "La historia interminable", los tebeos de Spiderman, buena parte de la obra de Shakespeare y hasta la vida de Jesucristo, adelante con "El hobbit".

    17. Ingram

      Vaya por Dios, no puedo recomendar nada en esa línea. Le cuento por qué y, de paso, aprovecho para aclarar un poco la diferencia entre novela policiaca y novela negra, que me lo han preguntado hace un ratito en otra parte y me consta que el preguntador también visita formspring. Como la respuesta va a ser un tocho impresionante, le animo a saltársela si no le interesa. Es posible que puedan darle respuesta a lo suyo en cualquier foro de lectura, donde hay gente que controla muchísimo de autores de policiaca. Dicho lo cual, ahí vamos con el rollo:

      Yo he leído muy poca novela policiaca. Por novela policiaca, así, a lo bruto, entendemos una novela cuya trama se sustenta en un delito (un crimen, a ser posible) y su investigación por parte de la policía, un detective, un investigador casual, etc. Lo suyo es que la trama concluya cuando el investigador logra su propósito: descubrir quién cometió el delito, cómo y por qué. Las de Agatha Christie, efectivamente, son policiacas de manual. Yo leí un montonazo de ellas cuando era jovencita, por el puro placer de intentar averiguar la identidad del asesino. La Christie, además, complacía al lector: dejaba un par de pistas clarísimas por ahí sueltas, a ver si algún listo las cazaba antes que el detective.

      El problema, para mí, es que una vez que le pillabas el truco, perdían toda la gracia. Y el truco, a pocas que hubieras leído, se veía a kilómetro. Si el cadáver aparecía en la biblioteca junto a un libro en francés y ese detalle no se mencionaba más que una vez, estaba clarísimo y meridiano que era la clave para resolver el enigma. Total, que abandoné a Agatha Christie por previsible y me metí en otros pantanos. Más adelante la recuperé, porque tiene otras virtudes, pero para entonces ya le había cogido el gusto a otro tipo de novela: la negra.

      [Inciso: las virtudes de las novelas de Agatha Christie son, por ejemplo, el ambiente. Es tan reconocible que hasta lo reconocen las personas que nunca han leído una de Agatha Christie. Una pequeña mansión en la campiña inglesa, un jardín plantado con salvia y dedalera, el vicario invitado a tomar el té, una pariente pobre de los Fortescue-Smyth que está pasando una temporadita en la mansión, un rico empresario americano que ha venido a comprar níquel, un viejo coronel retirado que sirvió en la India y tiene un criado moreno, callado y fiel, una anciana dama de la localidad, muy querida por su filantropía... Todos alrededor de una mesa o sentados frente a la chimenea, interrogados por un hábil investigador, que descubre pequeños escándalos de cada personaje: el vicario olvidó cerrar el cofrecito en que se guarda la talla de San Jorge, la pariente pobre tuvo un sonado affaire con un hombre de los bajos fondos que la chantajeaba, el rico empresario se ha arruinado con una nefasta inversión en minas de cobre que no valían ni seis peniques, el viejo coronel tiene un sobrino que ha contraído fuertes deudas de juego, etc. Todos tienen motivo y oportunidad para haber matado a Lord Fortescue-Smyth, nadie estuvo donde dijo que estaba... ¿Tengo que seguir? El ambiente Agatha Christie, también conocido como ambiente Cluedo, es ya tan icónico que hasta sus parodias son ya icónicas. Es la leche y aquí somos muy fans. Fin del inciso]

      Decíamos ayer. La novela de detectives es estupenda, tiene grandísimas obras y autores en su haber y líbreme Dios de decir nada contra ella. Pero cuando uno pasa la línea y se acerca a la novela negra... Ay, amigos, qué buena es la novela negra. Definición para el que la preguntaba: la novela negra no se basa en la resolución del enigma, y si al lector no le gusta, que se joda y que se muera. A veces, ni siquiera hay resolución: no cazan al asesino o incluso, horreur, no llegamos ni a saber quién es. Y esto es porque la novela negra no se sustenta en el enigma, claro. La novela negra muestra el crimen y ya veremos si lo resuelve o si no. Le da más importancia a los personajes y a los ambientes, al lenguaje y al ritmo, al estilo y a la reflexión.

      Para dejárselo del todo claro a mi preguntador y acabar de una vez por todas con este rollo, le diré que la novela de detectives es de tradición inglesa, mientras que la novela negra es más americana. La novela de detectives puede ser elegante, la novela negra puede ser lo que quiera. La novela de detectives transcurre en las casas, en lo doméstico, y la novela negra en las calles; podríamos decir que una toca lo privado y otra lo público. En la novela de detectives se busca que vuelva la normalidad, que se resuelva el conflicto para que se instale de nuevo la rutina. La novela negra se pasa todo eso por los cojones.

      Acabamos: las dos son el entretenimiento de las mentes nobles, y es bueno leer ambas y disfrutar ambas. La distinción entre ellas no siempre está tan clara como puede parecer y yo misma me lío muchísimo con las etiquetas y los géneros, así que espero que entienda que esto no es un código estricto, sino unas indicaciones generales. La ambigüedad y la sordidez de la novela negra la hacen muy apetecible para el fin de la adolescencia (tal y como se entendía antes: los veintiuno como máximo, no los treinta y cinco), que es un periodo en el que uno cree estar ya de vuelta de todo y se identifica estupendamente con los antihéroes. Si lees negra antes de leer policiaca, es fácil que luego no le encuentres el gusto a la buena de Miss Marple, porque ni se droga, ni folla con putas, ni debe el alquiler al casero. Así que, en mi humilde opinión, hay que irse primero a la Christie y sólo después a Ellroy y a Thompson. Como decía mi bibliotecario, "si todavía no fumas, Agatha Christie. Si ya fumas, vamos a empezar con Chandler".

    18. Ingram

      Madre mía, da para hacer una lista infinita. Mire, echo un ojo a las estanterías y la muestra británica ya es para caerse de espaldas: Enid Blyton, Clive Barker, Tolkien, Louise Cooper, Richmal Crompton, Rudyard Kipling, Edward Lear, Douglas Adams, Julian Barnes, Lewis Carroll, Chesterton, Warren Ellis, T. H. White, Agatha Christie, William Golding, John Ruskin, Alan Moore, Robert Graves, Shakespeare, Noel Coward, T. S. Eliot, Dickens, Gerald Durrell, Jerome K. Jerome, Terence Rattigan, Mark Millar, M. P. Shiel... Algunos, como Conan Doyle, no puntúan como ingleses, pero sí como británicos.

      Y luego está todo lo demás, claro. Las colonias en la India, en América, en Australia. El té, el opio, los clubs privados, Jack el Destripador, la jardinería entendida como una de las bellas artes. La marina, la RAF, la Orden de la Jarretera, los cipayos, el agujero negro de Calcuta, Nelson, la carga de la brigada ligera. La reina Victoria, el rey Jorge, Enrique VIII, Oliver Cromwell, Margaret Thatcher, la Royal Society, la cámara de los lores y la de los comunes, los himnos, el IRA. Qué le voy a contar de la comida, la bebida, el deporte, la arquitectura o la moda. Qué me dice de "Yo, Claudio", los Monty Python, "Fawlty Towers", "El cuentacuentos", "Doctor Who", "Misfits", "Dead Set", "Black Mirror", "The IT Crowd", "House of Cards", "Sherlock", "Shameless".

      Lo dicho, podría hacer una lista infinita. Bondad divina, cuánta cosa buena nos ha dado el imperio.

    19. Ingram

      Una noche, con un tripazo que pa qué te cuento, me asaltó de repente la revelación: todos los que me rodeaban eran idiotas de rango. Decían chorradas, reían demasiado alto y existían para nada. A medida que se añadía gente al grupo iba aumentando la imbecilidad general y entonces, zasca, otra epifanía: no sólo podían ser subnormales mis amigos, había subnormales por todas partes. Pánico inmediato. Vivir en un mundo poblado de faltos me pareció terrorífico. Imaginé años y años de escuchar sandeces, de no volver a oír nunca nada inteligente, y entonces pensé que no podía ser, que a lo mejor había por ahí otra persona que no era retrasada y que igual estaba como yo, mirando alrededor y aterrándose mucho. Me di una vuelta por ahí, a ver si la encontraba. Me paré delante de conocidos y desconocidos, mirándoles fijamente para comprobar si tenían mirada de deficiente o no, escuchando sus conversaciones a ver si cazaba algo que no pareciera una chorrada. Ni pa Dios. Tontos como macetas todos ellos. A esas alturas yo ya me sentía como Donald Sutherland en los Ultracuerpos, claro, y había empezado a pensar en si habría manera de volverse lerdo a voluntad, porque así no tendría que ser como el último hombre vivo. Entonces apareció mi hermana por ahí, vino a saludar y yo, con los ojos desorbitados, le dije: "Todo el mundo es imbécil". "Vaya novedad", contestó ella, y me agarró del brazo y dijo: "Anda, tira, que llevas dos horas perdida y a tus amigos los tienes preocupaos". De repente, mi hermana me pareció una persona encantadora y muy sensata, y mis amigos un poco también, y ya se me fue pasando y menos mal.

    20. Ingram

      Todavía quedan dos semanas, no pierdo la esperanza de que ocurra algo que borre de mi memoria ese momento en el que saqué a correr al perro de mi hermana, le lancé la pelota, le lancé el frisbi, le di de beber, le recogí las cacas, le rasqué detrás de las orejas... y lo dejé abandonado mientras enganchaba otro perro distinto a la correa. Menos mal que el dueño del otro perro estuvo al sopesquete y me pegó una voz antes de que me lo llevara. En mi descargo alego que el otro perro vino a frotárseme contra las piernas mientras yo charloteaba con un muchacho muy agraciado y que enganché el collar a la correa sin mirar. Como agravante comento que no era de la misma raza, tamaño, color o aspecto que el perro de mi hermana. ETA, mátame.

Ingram’s Bio

Madrid

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Los robots heredarán la Tierra después de aniquilarnos.