Albblalab

Madird, delirio intelecual

  • Alberto Olmos

    Ayer, los trocitos de realidad se alinearon en un universo pomposo.

    Estaba leyendo "mi" Barthes en un café, en la barra. Al lado tenía una pareja pre-primaveral. Ella era inglesa; él español. Pre-primaveral significa que eran un proyecto de pareja. En un momento dado, él empezó a hablarle del libro que leía, "Vidas de santos", de Rodrigo Fresán.

    Vagamente irritado por los aspavientos ligones del chico (indicar lo que significa "santo" le obligó a incurrir en sus más teatreros trucos) salí a leer "mi" Barthes a la calle, a una marquesina de autobús (por el frío).

    Oigo mi nombre: Alberto. Alzo la cabeza y es Javier Montes. Qué lees, me pregunta enseguida. Le muestro "mi" Barthes y dice (textual): Es un libro maravilloso.

    Se me agota el tiempo y subo a mi actividad de los martes. En las escaleras me encuentro con Pablo Nacach. Qué lees, me dice. Le enseño la portada de "mi" Barthes. Dice (textual): Es un libro maravilloso.

    Hora y media después, me dirijo a un bar, donde he quedado con alguien. Le comento a "alguien" mi fascinación con la popularidad del libro en concreto que leo de Barthes. Es un libro maravilloso, me dice. Textual.

    Todo el mundo ha leído "mi" Barthes.

    En la mesa de enfrente, una pareja pre-primaveral, de poco más de 20 años, cena y habla y bebe y, en un momento dado, los veo con todas sus manos universitarias sobre un volumen de Siruela lleno de ilustraciones y altura. Identifico rápidamente el volumen como Esferas III, de Sloterdijk.

    Un libro, por cierto, maravilloso.

    Luego pienso si me gusta un Madrid así, en el que todo el mundo lee y habla de libros y liga con libros, y en el que lo más vulgar que puedes leer es a Roland Barthes.